Puede que recordéis aquella semana a principios de mayo en la que solo se hablaba de la carta de Pedro Sánchez. Entonces decidí escribir este boletín sobre cualquier otro tema y acabé mandando seis gráficos curiosos. ¿Cuál fue mi sorpresa? El texto tuvo mucho éxito. Por eso, ahora que cruzamos agosto, he pensando en repetir la fórmula. A continuación tenéis seis gráficos interesantes sobre niveles de renta, padres separados, bisexualidad, libros, fútbol y diferencias entre generaciones.
💰 1. ¿Cómo de altos son tus ingresos? Para ser del 20% más rico bastan 43.000 euros
He actualizado este gráfico con los últimos datos disponibles en la World Income Database. Podéis ver dónde se situan vuestros ingresos en comparación con los españoles.
Con unos ingresos brutos anuales de 23.700 estás en la mediana; ganas más que una mitad de españoles y menos que la otra. Si pasas de 43.000 euros, perteneces al 20% más rico, al menos en relativo, y si pasas de los 58.000, estás entre el 10% de arriba. ¿Qué se necesita para ser 1% en España? Unos 150.000 euros.
El gráfico muestra cifras de renta, pero podéis ver lo mismo por patrimonio con datos de 2021. Solo una advertencia: nuestras rentas no han subido tanto como parece. Parte de la subida es una actualización metodológica, y además está la inflación, que hace que 49.000 euros de 2021 sean 57.000 de ahora.
😀 2. Por primera vez en España, son mayoría los padres divorciados que comparten la custodia
El cruce lo descubrió Ángel Martínez. Es un giro importante porque hace solo 10 años la situación era bien diferente: entonces el 76% de las custodias eran para las madres, y solo el 18% implicaban por igual a madres y padres.
Es un cambio social profundo que pasa desapercibido. En realidad, el rol de los padres lleva tiempo transformándose. Otro ejemplo son las licencias por nacimiento. Los permisos de paternidad se ampliaron hasta 16 semanas, pero la nueva ley solo hacía obligatorio tomar 6 de ellas. Muchos defensores del cambio eran pesimistas, creían que la mayoría de hombres —por deseo o bajo presión— volverían pronto al trabajo. Pero no hemos hecho eso: el 90% de los padres disfruta de las 16 semanas completas.
🏳️🌈 3. Muchos jóvenes se declaran bisexuales
En España se describe como bisexual el 4% de la gente, según un reciente estudio del CIS. Pero hay grandes e interesantes diferencias por edad: son el 1% entre la gente por encima de 55 años, frente al el 16% entre 18 y 24 años. En ese último grupo, son el doble de chicas (22%) que chicos (10%).
Definirse como homosexual también es más habitual entre jóvenes que entre mayores. ¿Será porque hay más homosexuales ahora o porque ahora son más públicos? Diría que ambas cosas: en un mundo más liberal, habrá más jóvenes libres para decir que son homosexuales, pero también libres para serlo.
📚 4. ¿Internet mató la lectura? Al revés: hay más lectores de libros que hace 20 años
La mayoría de gente cree que leemos menos, pero no tengo claro que sea cierto. Primero, porque hay montones de cosas interesantes que leer en el móvil, en foros, redes, periódicos digitales o boletines. Cuando era niño, allá por los noventa, era normal quedarte sin lectura: te leías los ingredientes de los Kelloggs.
Además, las estadísticas dicen que más personas leen libros. Según la encuesta del Gremio de Editores, crece el porcentaje de gente que lee libros en su tiempo libre.
La población lectora ha pasado del 59% al 64% desde 2012. Son más entre mujeres (69%) y entre jóvenes (74%), aunque el grupo que más crece son los mayores de 65 años.
Estoy dispuesto a conceder que muchos leemos menos en cantidad, medido en libros o páginas, porque una parte del tiempo se nos va con hilos de Twitter, videojuegos, en Netflix o en YouTube. Pero no me preocupa, porque creo que esos formatos son también una fuente de ideas, aprendizaje y diversión.
¿Qué década tiene el mejor cine, la mejor música y las familias más felices? La que sea que te ponga nostálgico
Como conté en la anterior entrega, cuando se nos pregunta qué década tiene la mejor música, la mayoría elige la que sonaba en su juventud. Los estadounidenses nacidos en 1950 eligen los setenta, los de 1970 eligen los ochenta, y los millenial, los noventa. Pero no pasa solo con la música. El patrón se repite con montones de cosas. Mucha gente siente que la década con el mejor cine, la mejor televisión y hasta las familias más felices es, precisamente, la que coincide con su juventud o su infancia.
El resultado dice muchos de nosotros. Por un lado, es normal que tus gustos se formen de joven, cuando estás haciéndate. Y también es natural que esos años te marquen: si descubres el cine con ciertas películas, es inevitable que sean especiales para ti.
Las canciones de cuando tenías 20 años son las únicas que pueden invocar tus 20 años. Es imposible competir con una melodía que te devuelve a cierta noche de 1976, o de 1998, o de 2016. No se pueden rodar películas que mejoren aquel DVD que viste 100 veces, o los VHS que tu madre traía del videoclub.
Es absurdo negar el poder de nuestra biografía. Por eso intento abstenerme de juzgar los gustos de los nuevos jóvenes, sus libros, sus juegos, sus canciones o sus aficiones. Es mi forma de evitar el ridículo de pensar que mi opinión les importa.
A muchas personas, principalmente mujeres, les resulta más fácil y cómodo volcarse en las necesidades de otros que esforzarse en su propio bienestar: por razones culturales, expectativas sociales o para ser aceptados
Priorizar al prójimo durante toda una vida puede conducir a una incapacidad para identificar las propias necesidades: algunas no saben responder a preguntas tan simples como: ¿qué me gusta o me apetece hacer?
Existe una tendencia común en la cual priorizamos las necesidades y deseos de los demás sobre los nuestros. Nos resulta más fácil dar a los demás que darnos a nosotros mismos. Esta inclinación puede surgir por diversos motivos: motivos culturales, expectativas sociales o personales, o la búsqueda de aceptación y amor. Sin embargo, es crucial encontrar un equilibrio entre dedicarse a los demás y cuidarse a uno mismo para, de esta manera, poder mantener nuestro bienestar emocional, mental y físico. Este equilibrio no solo nos beneficiará a nosotros individualmente, sino que también enriquecerá nuestras relaciones.
Vivimos en una cultura que valora el altruismo y el sacrificio en favor de los demás. En nuestra sociedad e incluso en el ámbito familiar, no siempre está bien visto priorizar el bienestar propio; en cambio, se reconoce y se aplaude la renuncia y el sacrificio propio en pos del bienestar de los demás. Dar al prójimo está considerado como un acto de generosidad, mientras que darse a uno mismo se percibe más como un acto de egoísmo.
La dura dicotomía entre cuidar y cuidarse
La dedicación a la crianza recae con mucho mayor peso en las madres
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Es posible que la influencia del cristianismo en nuestra cultura esté profundamente relacionada con esto, específicamente en ciertas enseñanzas sobre el amor, el sacrificio y el servicio. El reconocimiento que recibe el sacrificio puede llevar a las personas a sentirse culpables si no anteponen las necesidades de los demás a las suyas. Para otras personas, en cambio, dicho sacrificio puede ser vivido con satisfacción y orgullo.
He acompañado a personas en la última etapa de su vida que reflexionaban sobre este tema. Algunas de ellas experimentaban satisfacción por no haberse priorizado a sí mismas y haber puesto en primer lugar a los demás. En cambio, para otras, esa misma reflexión les generaba arrepentimiento. Expresaban que, si pudieran retroceder en el tiempo, habrían prestado más atención a sus necesidades y deseos.
Las expectativas de la familia también pueden reforzar la idea de que debemos cuidar a nuestros seres queridos antes de considerar nuestras propias necesidades, especialmente si ocupamos roles como el de la madre, esposa o hija. En muchas ocasiones priorizamos el bienestar de los demás porque es lo que hemos visto en nuestro entorno familiar, lo que hemos aprendido de nuestros referentes o, tal vez, porque es lo que nos hubiera gustado o hubiéramos necesitado que hicieran por nosotros. A menudo, esto es algo natural y necesario, como sucede en el caso de tener hijos pequeños o personas a nuestro cargo, donde las demandas y necesidades del otro requieren de una atención y dedicación constante. Cierto es que cuidar del otro es también una expresión de amor y que, al poner sus necesidades en primer plano, estamos expresando nuestro afecto hacia ellos. No obstante, priorizar constantemente a los demás puede resultarnos agotador tanto física como psicológicamente.
A veces, nuestras heridas emocionales nos impulsan hacia esta tendencia. Es decir, el anhelo de ser aceptados, valorados y queridos por los demás puede llevarnos a priorizar sus necesidades con el fin de evitar el rechazo o el abandono. Hay personas que aprendieron durante la infancia, de manera inconsciente, que el bienestar de los otros estaba por delante del suyo y que sus necesidades eran menos importantes. Esto ha podido llevarlos, ya de adultos, a desconectarse de ellas, resultándoles más sencillo identificar lo que los demás necesitan que lo necesitan ellas mismas. Incluso puede resultar difícil para ellas responder a preguntas tan simples como: ¿qué necesito? o ¿qué me apetece?
El aprendizaje consiste en encontrar el equilibrio entre dar y darse, así como en cuidar y cuidarse, comprendiendo que ello no necesariamente implica descuidarse a uno mismo.
Estrategias
Dar a los demás y darse a uno mismo
1
Reflexionar acerca de cuáles son nuestras prioridades y necesidades en estos momentos con preguntas como: ¿Qué es lo que yo necesito (más allá de lo que necesita el otro)? O ¿Qué es lo que me hace bien?
2
Establecer límites lo cual conlleva aprender a decir “no” en aras del propio bienestar, aunque puede dar lugar a conflictos, especialmente si la otra persona no está acostumbrada a recibir negativas.
3
Cultivar espacios de autocuidado donde llevemos a cabo actividades que fomenten el darnos. Por ejemplo, practicar deporte, dar paseos o, simplemente, permitirnos descansar.
4
Aprender a priorizarnosimplica comprender que nuestras necesidades son igualmente importantes que las de las personas de nuestro entorno. Por lo tanto, habrá momentos en los que las priorizaremos y otros en los que priorizaremos las de los demás.
Un campo de batalla llamado clítoris: viaje al país que amenaza con despenalizar la ablación
Un grupo de niñas jugando en el patio de su casa junto a amigos y vecinos en el pueblo de Brufut. Por edad, forman parte de la generación que ha crecido con el veto a la mutilación genital femenina.MARTA MOREIRAS
Hace nueve años, Serreh perdió a su madre y heredó una misión. Es la misma a la que se dedicaba su abuela y por la que eran conocidas en el pequeño pueblo gambiano rodeado de árboles de mangos y anacardos donde viven. Hasta su casa iban las familias, también las de aldeas más lejanas, para que ejecutara lo que le pedían. Se pactaba un día y ella preparaba lo necesario: un brebaje que produce “calma” durante unos minutos, la ropa roja que ella debía ponerse para la ocasión y las cuchillas de un solo uso. Una por niña, precisa. Por sus manos, en los dos años que ejerció, pasaron “muchísimas”. Solían ser menores de siete años, a veces bebés de pecho, y todo sucedía muy rápido, cuenta Serreh, de 36 años. Mientras otras mujeres sujetaban las manos y piernas de las niñas, ella les cortaba el clítoris o parte de él.
Mutilar los genitales de las pequeñas era el papel de Serreh en la comunidad. Alta, vestida de naranja brillante y de gesto serio, cuenta que empezó a ser la cortadora de su zona en 2015, justo el año en el que se prohibió en Gambia, un pequeño Estado de 2,7 millones de habitantes de África Occidental incrustado en Senegal. Lo dejó dos años después, en 2017, cuando supo lo peligroso que era gracias a “programas de radio”, que es lo que llegaba a zonas rurales como esta. También supo, porque se lo han mostrado otras mujeres, que lo que hacía produce “complicaciones, sobre todo a la hora de dar a luz”. Su abuela la apoyó: “Tú eres la nueva generación. Si dicen que es malo, hay que parar”, recuerda que le dijo. Para entonces, cuatro de sus cinco hijas habían pasado ya por la cuchilla
Serreh, de 36 años, heredó de su madre y su abuela el papel de circuncidadora de su comunidad, pero pronto abandonó la práctica, cuando supo que era perjudicial.MARTA MOREIRAS
Serreh se siente culpable sobre todo por la mayor, que acaba de casarse. “Ha tenido muchos problemas”, dice cabizbaja y mirándose las manos. “Su marido no puede penetrarla, [su vagina] está sellada. Hemos tenido que ir al hospital para que se abra de nuevo”, explica sobre uno de los tipos de ablación que existen y que es común. En un país donde tres de cada cuatro mujeres están mutiladas, donde la mayoría de las adolescentes y las jóvenes no sabe qué aspecto tienen unos genitales femeninos sin lesión porque no conoce a nadie que no haya sufrido el corte, la esperanza está en las niñas como la última hija de Serreh: “Estoy feliz por ella, tiene seis años”, cuenta, quien ha roto la cadena de la tradición sumándose a las que salvan a las niñas del dolor, el trauma y las secuelas físicas de por vida.
El lento proceso de transformación que han ido tejiendo miles de mujeres, sobre todo en la última década, y que empezaba a bajar el número de mutilaciones entre las menores de 15 años, está ahora en peligro. El Parlamento va a votar, previsiblemente en las próximas semanas, la despenalización de la mutilación genital femenina, después de una campaña en la que sus partidarios han echado mano del islam ―la religión mayoritaria―, del rechazo a Occidente, de bulos médicos y de la pura desinformación para mantener el control sobre el cuerpo de las mujeres. Si cae la prohibición, Gambia se convertirá en el primer país del mundo en revertir la protección contra esta violación de los derechos humanos que afecta a 234 millones de mujeres y está en alza, según Unicef.
Si logran revocar la ley, irán a por la del matrimonio infantil. Empezarán a casar a niñas-Fatou Baldeh, feminista gambiana En un momento de ofensiva contra los derechos de las mujeres en todo el mundo ―la cruzada contra el aborto en Occidente, los espacios de impunidad de la violencia sexual y de género―, la batalla que se da en Gambia puede convertirse en un precedente para países donde la mutilación es un hecho, como sucede en decenas de los de África, Oriente Próximo y Asia. Pero además tiene mucho de símbolo por el riesgo que supone para otros derechos reconocidos a las mujeres: “Si se levanta el veto, el mensaje es que da igual lo que le pase a las mujeres, porque no hay agresión más dañina que la de coger a una niña pequeña y cortarle la parte más íntima de su cuerpo. El mensaje es que no vas a proteger a las más vulnerables”, dice Fatou Baldeh, una influyente feminista gambiana conocida en el mundo por su lucha contra la Mutilación Genital Femenina (MGF), de la que es superviviente. “Si logran revocar la ley, irán a por la del matrimonio infantil. Empezarán a casar a niñas. De hecho, ya han empezado a amenazar con reducir la edad de matrimonio a 13 años [de los 18 actuales]. Se llevarán por delante todas las leyes que protegen a las mujeres”.
La mutilación genital en el mundo en África y Oriente Próximo
% de mujeres y niñas de 15 a 49 años que han sufrido mutilación genital
Entre las menores de 15 años, el % de víctimas es del 49%
Las activistas quieren no solo que la ley se quede, sino que se haga cumplir. Nadie había sido condenado ni multado por mutilar a las niñas en los últimos nueve años, pero eso cambió en agosto. Entonces, tres mujeres fueron arrestadas por practicar la ablación a ocho bebés y tuvieron que pagar 15.000 dalasis, unos 203 euros, una cantidad elevada en Gambia pero inferior al mínimo que prevé la ley. Ese incidente hizo saltar a los partidarios de la mutilación, que se ha seguido practicando en secreto (aunque en menor medida), y está en el origen de la campaña para reconsiderar la prohibición. En cuestión de horas, un conocido imam, Abdoulie Fatty, reunió el dinero de la fianza y las mujeres fueron liberadas.
El imam Abdoulie Fatty, uno de los principales impulsores de la despenalización de la mutilación genital en Gambia.MARTA MOREIRAS“ Un trocito” de clítoris El colegio que dirige Fatty tiene un enorme patio central que conecta edificios pintados de blanco y añil donde niños y niñas aprenden el Corán. Algunas llevan, además del uniforme que les cubre la cabeza y la falda hasta los pies, un niqab negro que solo deja descubiertos los ojos. Son las nueve y ya hace mucho calor. El imam entra en la pequeña sala alfombrada y medio en penumbra con tres móviles en la mano que mira un buen rato antes de decidirse a hablar. Lo primero que dice es que está “totalmente en contra de la MGF”. “Los genitales de las mujeres no deben ser mutilados, no hay nada que discutir, ¿está claro?”. Él lo que defiende, dice, es la “circuncisión femenina” que, según afirma, “recomienda el islam”, algo que niegan los estudiosos de la práctica, ya que es preislámica, se ha prohibido en otros países musulmanes con éxito ―como en el vecino Senegal― y tiene un fuerte componente étnico y tradicional.
F
atty propone cortar “un trocito” del clítoris. “La gente no distingue entre la MGF y la circuncisión, ese es el problema”, afirma, haciendo una falsa diferencia, puesto que todo es mutilación a ojos de la OMS, que señala el impacto en la salud de las mujeres: dolor, hemorragia, infecciones, incapacidad de tener sexo, trauma y muerte. Fatty tiene sus ideas al respecto: “No niego que [la circuncisión] es una operación, aunque menor, y por lo tanto entraña un riesgo. La gente puede morir porque le corten un pie, o la mano, o le quiten un diente, sí. Pero no hay una ley para prohibirlo. Si vas al médico y te abre la barriga y mueres, no pasa nada [no hay consecuencias legales]”.
Tres adolescentes asisten a clase en la escuela coránica que dirige el iman Abdoulie Fatty en el municipio de Kanifing, en Gambia.MARTA MOREIRAS
Más allá del disparate, los bulos vestidos de religión tienen tirón en redes. La base de su discurso consiste en presentar la circuncisión como una versión inocua de base religiosa que nada tiene que ver con la mutilación genital femenina, y abrir un camino legal para ella. Fatty afirma que la prueba de que la práctica no tiene riesgos es que “las mujeres [en Gambia] tienen 10, 11, 12 hijos, muchos más que en Europa”, y asegura que no instiga ninguna campaña, que la única que hay en marcha es la de las activistas contra sus tradiciones, y que esa campaña llega a Gambia desde Occidente, “igual que la homosexualidad [castigada con penas de cárcel], y quizá también nos vengan [personas] transgénero”. Gesticula, ríe, se indigna, modula la voz. La argumentación más chocante, sin embargo, es la que emplea para explicar a su interlocutora cómo se sienten las mujeres ante el sexo. Dice que no ve cuál puede ser el problema “si no se quita todo el clítoris”, ya que según su razonamiento, “el deseo no está en esa parte solo”.
El diputado Gibbi Mballow (izquierda) votó en contra del proyecto de ley para eliminar la prohibición de la ablación. En la imagen, en su despacho del Parlamento con diputados de su partido, el del Gobierno, en Banjul. MARTA MOREIRASPor fuera, el edificio de la Asamblea Nacional, en la capital, Banjul, se parece a un estadio. A la entrada, dos sonrientes leones flanquean un escudo sobre las palabras “progreso, paz, prosperidad”. Ideales inspiradores para una democracia recién estrenada hace siete años, después de dos décadas de la dictadura de Yahya Jammeh sustentada en matanzas, violaciones y cientos de desaparecidos. Quienes decidirán si se modifica o no la ley que prohíbe la mutilación de los cuerpos de las niñas son, básicamente, hombres: solo hay cinco diputadas en un Parlamento de 58 representantes.
Quienes decidirán si se modifica o no la ley que prohíbe la mutilación de los cuerpos de las niñas son, básicamente, hombres: solo hay cinco diputadas en un Parlamento de 58 representantes
Solo cuatro de los diputados votaron para mantener la prohibición. Uno de ellos es Gibbi Mballow. Vestido con chaqueta de cuadros, está reunido en su despacho con otros cinco parlamentarios de su mismo grupo político, el del Gobierno, el Partido Nacional del Pueblo. Ninguno le apoyó contra la mutilación el día de la primera votación, en el que fue insultado y golpeado. “Es una práctica dañina, incluso aunque algunos digan que se puede medicalizar, no tiene ningún beneficio para la salud”, dice con su voz grave. También argumenta que Gambia “no puede ser una isla: Senegal lo ha prohibido, Guinea… lo han hecho los países vecinos. Si revocamos la prohibición, estamos animando a esas comunidades a que vengan y establezcan aquí una base para la práctica, lo cual es inaceptable”, dice.
Él además tiene razones personales para estar en contra. Un día estaba trabajando y lo llamaron por teléfono del hospital. “¿Sabe lo que le ha pasado a su hija?”, recuerda que le preguntaron los médicos, que le informaron: “Según su esposa, su madre ha llevado a la niña a un [rito] tradicional y está sangrando. Estamos intentando parar la hemorragia. Necesitamos sangre”. Así se enteró de que su hija, entonces un bebé de siete meses, había sido mutilada. Y de que las tres mayores también. “Yo no puedo ir a la policía y denunciar a mi madre”, dice sobre la complejidad de erradicar esta práctica y lo enraizada que está. “La llamé a ella y a mi mujer. Nos sentamos. Le dije: ‘Tú eres mi madre, pero no la de estas niñas. Aléjate de esta práctica, nunca más’. Ella estaba muy triste y confusa cuando la pequeña tuvo la hemorragia, lamentaba haberlo hecho”.
A la izquierda y de blanco, Fatou Baldeh, feminista y activista contra la mutilación, diseña con su equipo la intervención ante el Parlamento para que permanezca el veto en la sede de su ONG, WILL.MARTA MOREIRAS
Ese día, en el interior de la Cámara estaba Fatou Baldeh y otras activistas que fueron a protestar. “Vi solidaridad, vi poder, vi hermandad, mujeres apoyando a mujeres. Entramos ahí para mirar a esos hombres a la cara”, explica. “Recuerdo que uno se levantó y dijo que algunas estaban llorando y que eso era incómodo. Pero es que eso es lo que queríamos: que supieran que estamos ahí, que los estamos vigilando, que lo que hacen está mal y que deberían sentirse incómodos por ello”, dice Baldeh, que hace unas semanas acudió a la Casa Blanca para ser distinguida por su lucha y acaba de ir a la sede de la ONU en Ginebra para lo mismo.
“Lo que sea” por la religión
Quienes también acudieron a manifestarse en marzo fueron tres alumnas de una universidad que recibe fondos de Arabia Saudí, pero para defender que se despenalice la mutilación. Dos estudian para profesoras y otra Derecho islámico, la sharía. Están en la biblioteca, rodeadas de libros y de capas de ropa. A una de ellas, Aisha, de 19 años, solo se le ven los ojos y las manos. Asegura que en Gambia no hay mutilación genital, “es circuncisión”, en una distinción que ha extendido el imam. Se muestra vehemente: “Incluso si la ley lo prohíbe, lo haremos porque nuestra religión nos lo permite, y si nos multan pagaremos. Haremos lo que sea por nuestra religión”, afirma.
La hija de Mballow se recuperó, y él se ha embarcado en una campaña para convencer al resto de diputados para que en junio voten por mantener y reforzar la ley. Asegura que recibe amenazas y presiones por ello, y también su familia. Su postura sobre la mutilación atrae el odio de quienes quieren despenalizar o que sea una opción para las familias, como si se pudiera elegir legalizar la violencia contra las mujeres. Y toda esa propaganda tiene un efecto sobre su base de votantes, en su provincia, Lower Fulladu West, al sur del río Gambia que parte el país en dos. “Es como si fuera contra mi gente, contra quienes represento”, explica.
Incluso si la ley lo prohíbe, lo haremos porque nuestra religión nos lo permite, y si nos multan pagaremos
Aisha, defensora de la mutilación genital femenina
En estos cuatro meses hasta la votación, ha comenzado un periodo de diálogo nacional en el que dos comisiones del Parlamento escuchan a médicos, expertos, organizaciones internacionales, supervivientes y activistas. “Se está confundiendo tradición con religión: Argelia, Marruecos, Túnez, Arabia Saudí…ahí no se practica la ablación. ¿Son menos musulmanes por ello?”, plantea la antropóloga y profesora de la Universidad Autónoma de Barcelona Adriana Kaplan, que habló en el Parlamento de las secuelas físicas que causa la mutilación durante toda la vida de las mujeres y en particular durante el embarazo, a partir de uno de los dos ensayos clínicos que se han hecho en Gambia. La organización que dirige, Wassu Kafo Gambia, diseñó el manual con el que los médicos se forman sobre los tipos de mutilación, cómo prevenirla, los riesgos que entraña y cómo tratar las complicaciones. “Aunque se enfrentaban con las consecuencias, [los sanitarios] no relacionaban los efectos perniciosos con la práctica, explica en la sede de la organización.
La conversación también está en la calle y en las redes sociales, donde ha habido una especie de Me Too de la mutilación, con casos en los que unas mujeres pueden reconocerse en la historia de otras. No se trata solo de un puñado que salen a contar su historia. “Es la primera vez que sucede de una manera tan general”, dice Jaha Dukureh, una de las más conocidas activistas contra la mutilación. Ella vive en Estados Unidos, adonde fue enviada con 15 años para casarse con un hombre mucho mayor. Allí descubrió que le habían practicado una infibulación, que consiste en cortar el clítoris y los labios mayores y menores y coser vulva y vagina dejando dos aperturas, una para la sangre menstrual y otra para la orina. Es un tipo de mutilación extrema pero no inusual. Su lucha para salir de ese matrimonio, entender lo que le habían hecho, estudiar una carrera y volver a Gambia para impulsar una prohibición en 2015 ―que terminó aplicando el homófobo y sanguinario dictador Jammeh―, convierten el intento de revertir la prohibición en algo “muy personal”.
Jaha Dukureh, reconocida activista contra la mutilación genital, en el piso próximo a Banjul en el que se ha instalado para participar en la campaña que frene la despenalización.MARTA MOREIRAS
Por eso ha regresado, para participar en la campaña que evite que prospere el proyecto de ley. En los últimos meses ha soportando todo tipo de ataques: “Amenazan a mis hijos, me insultan a diario, me desean sufrir una violación, dicen que soy una espía, un agente extranjero…”, enumera. “Al final, eso me llega, me afecta”. Pese a todo, señala que, también por primera vez, “la sociedad civil se ha unido para trabajar por un bien común. Es un gesto poderoso”.
Romper la cadena
La fundación Women in Liberation and Leadership (WILL), creada por Fatou Baldeh, es un bonito oasis con patio en medio de una calle sin acera, donde cada edificio es de una forma y la gente vende fruta o busca pasajeros para un taxi. Dentro, las paredes tienen unos preciosos murales con dibujos de baobabs: cada uno cuenta la historia, desde las raíces a las ramas, de una víctima de la dictadura de Jammeh. Es así también, a través de dibujos, como se habla aquí de cómo es una vulva, sobre el consentimiento sexual, sobre cómo se produce un embarazo, sobre los bulos en torno a la mutilación y por qué se sigue haciendo. “Creamos espacios seguros para adolescentes”, cuenta Baldeh.
Mi familia me hizo creer que es algo bueno, que si no la tienes eres sucia, no eres pura, te costará dar a luz
Aïssatou, miembro del equipo de la fundación Women in Liberation and Leadership
Miles han pasado por aquí para hablar, para compartir dudas, descubrir experiencias de otras. Para enterrar el silencio y aflorar el trauma. “Una de mis compañeras”, dice Baldeh, “se enteró de que había sido mutilada cuando fue madre. Nadie te lo cuenta. Aquí les hablamos de su cuerpo: la mutilación es tan frecuente que incluso las que sufren complicaciones no lo asocian con el corte, piensan que forma parte de ser mujer”.
Aïssatou, de 25 años, vivió ese proceso de transformación en WILL, y ahora forma parte del equipo. Está en la universidad, y explica que antes de hacer el curso, estaba convencida de que eran ciertas la mayoría de las creencias y falacias de la mutilación. “Mi familia me hizo creer que es algo bueno, que si no la tienes eres sucia, no eres pura, te costará dar a luz [es exactamente lo contrario]”. En su pueblo, de la etnia mandinga, una de las que más practica la ablación, “te llaman con un insulto, algo así como ‘no-cortada’, te aíslan”, aunque esto cada vez pasa menos, dice. Ella se dedica a hablar con las adolescentes, explicarles, pero “siempre desde la experiencia: si no has sido mutilada, no te creen”, dice Aïssatou, que sufrió el corte con siete años y recuerda “cada detalle, fue muy traumático”. Cuando va por las aldeas para dar los cursos, siempre empieza a hablar de otros tipos de violencia machista, como la sexual o la de los maridos, y poco a poco llega a la más brutal e íntima: les dice que su cuerpo es suyo, explica por qué no sienten placer sexual, informa sobre infecciones. “Nadie les dice nada, solo les hablan de religión”.
No es sencill unas creencias tan extendidas y repetidas durante generaciones. Fatou se enfrenta cada día a esa tarea como formadora de la ONG Wassu Kafo. Es una mujer risueña, grande, de voz suave. Tiene dos herramientas para desmontar la ablación: “el respeto”, resalta, y su propio cuerpo, su experiencia como mutilada. “No puedes presentarte en una aldea y decirles que no lo hagan o que son ignorantes, porque chocas con un ‘esta es mi cultura y mi religión’ y se enfadan contigo”, explica en el sofá de su casa, donde vive con sus tres hijas y su marido. “Lleva tiempo. Les da vergüenza hablar del tema, y les cuesta mucho creer que los síntomas que tienen, las dificultades para dar a luz, el dolor al tener sexo tengan que ver con la mutilación”.
Sus dos hijas mayores pasaron por la ablación antes de que ella supiera lo que hoy sabe. Y le ha hecho falta echar mano de la ley para defender a la pequeña, de 10 años: “Mi marido es mandinga. Les advertí a mis cuñadas que si tocaban a la niña iban a la cárcel”. Le preocupa que caiga la prohibición porque tiene un efecto disuasorio que le ayuda en su trabajo. Pero ya hay un cambio. Su niña pequeña, como la de Serreh, la antigua circuncidadora, crece libre de mutilación y forma parte, sin saberlo, de una pequeña generación protegida por madres, hermanas y abuelas mutiladas que han roto la cadena.
Fatou, activista contra la mutilación en programas para erradicar esta práctica de la ONG Wassu Kafo Gambia, junto a sus hijas en su casa de Brufut.MARTA MOREIRAS